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2012-10-01 - Mirar, sentir, coleccionar
El acto de coleccionar comienza con la mirada, con ese gesto capaz de descubrir cualidades en aquello que pasa por delante de nuestros ojos. Mirar es profundizar, prestar atención, preguntarse acerca de lo que se ve. A este ejercicio reflexivo, que implica una elección y esconde una atracción, le sigue el deseo de poseer aquello que admiramos. Sin embargo, la apropiación del objeto deseado no necesariamente tiene que traducirse en la adquisición real del mismo, podemos acallar el anhelo de pertenencia de una forma más modesta: recolectando imágenes, notas o simplemente recuerdos que nos ayudan a confeccionar una idea de cómo somos. Por eso, de alguna manera y a diferentes niveles, todos podemos considerarnos coleccionistas.

Cada componente de una selección personal muestra una pequeña parte de la identidad de la persona y revela información de un momento concreto en su vida; por otro lado, el conjunto de las piezas se configura como una auténtica creación, una cosmogonía de la personalidad y la trayectoria del individuo. Si atendemos a estas primeras observaciones, podría decirse que hay prácticas que encierran la esencia del coleccionismo en sí mismas. El artista, por ejemplo, genera su propio repertorio de obras donde espera verse reflejad en ellas expresa estética y conceptualmente fragmentos sobre su persona y su forma de ver el mundo. Sin embargo, para completar su cometido, la creación tiene que convertirse en un espejo en el que también puedan reconocerse los demás, especialmente el coleccionista de arte.
La figura que entendemos como coleccionista propiamente dicho es aquel que sufre el deseo irrefrenable de poseer la obra de arte.

Detrás de esta necesidad de pertenencia hay diversas motivaciones, algunas de las cuales pone de manifiesto el coleccionista Adam Lindemann cuando dice: “Lo emocionante es la oportunidad de disfrutar diariamente de la obra, el regodeo ególatra de la posesión y, quizá lo más importante, el acto de elegir y adquirir, de tomar una decisión estética personal que define tu propia individualidad y personalidad en el contexto entero de la Historia del arte”. Aunque la cualidad por excelencia del coleccionista puro es la pasión, no podemos olvidar un segundo atributo que nos da las claves para una caracterización más amplia: su intuición. Cuando compra una obra de arte no solo lo hace por placer estético o emocional, el buen coleccionista analiza y cuestiona si verdaderamente está adquiriendo una pieza de calidad y si su autor tiene proyección. Es decir, él también busca la confirmación de su audacia por parte del públic el reconocimiento de haber descubierto un nuevo talento.

El coleccionista realiza movimientos impulsados por el instinto y arriesga en sus decisiones, sin embargo, estas descansan en una base sólida de conocimientos, información actualizada y experiencia en el mercado del arte. Un mecenas ejemplar tiene que tener sentido de responsabilidad sobre su adquisición y sus artistas, asegurar que serán respetados.

La exposición “Mirar, sentir, coleccionar” reúne a tres autores, Joaquim Paiva, Miguel Soler-Roig y Toni Catany, que han construido su visión del mundo a través de su propia mirada y de la de los demás, que han optado por reconocer y ser reconocidos. Son artistas y coleccionistas.

Nerea Ubieto, Comisaria de la exposición
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